Luis Íñigo Fernández: sobre el cénit de Roma

   "El cénit de Roma

   El Imperio trajo la paz y la prosperidad. Cerca de cien millones de personas, una cifra que tardaría siglos en alcanzarse de nuevo, habitaban dentro de sus fronteras, entre el Atlántico y el Caspio, y disfrutaban de un nivel de vida que, en lo que se refiere a los más humildes entre los hombres libres, no volvería a conocerse hasta mediados del siglo XIX, en pleno auge de la revolución industrial. La unidad lo hacía posible. Roma no inventó nada; siendo tan abundants y baratos los esclavos, que proporcionaban una mano de obra casi gratuita, no tenía necesidad de hacerlo. Pero funció al conjunto de los pueblos ribereños del Mediterráneo en un solo bloque económico, lo que permitió una especialización casi perfecta de cada uno de sus componentes, y, liquidada la piratería y mantenidas en perfecto estado las calzadas, los vinculó entre sí por medio de una densa red de comunicaciones, or mar y por tierra, que facilitaba los intercambios entre ellos. La solidez de la monea, de oro o plata, la madurez de las instituciones bancarias y la firme estabilidad de un derecho que amparaba por doquier la propiedad y los contratos hicieron el resto. Así, cada comarca, cada región, cada provincia, se dedicó a aquello que hacía mejor. Sicilia, Egipto y el norte de África, poblados de enormes latifundios explotados por esclavos, llevaban cada año al mercado ingentes cantidades de trigo. Hispania, Grecia y la propia Italia apostaron por el aceite y el vino. La Galia y Germania, inundadas de pequeños talleres, se especializaron en la cerámica, el vidrio y el bronce. Y lo que el Imperio no poseía, lo adquiría más allá de sus fronteras. Los mercaderes romanos alcanzaron con sus panzudas naves Arabia, China y la India, e incluso costearon el África oriental hasta la isla de Zanzíbar. Las especias, las piedras preciosas, la seda, el incienso y el marfil fluyeron de manera continua hacia el Imperio, inundando de lujo la vida de los poderosos.

    La vida urbana, al calor de la artesanía y el comercio, conquistó el culmen de su esplendor. [...]  Por encima de todo ello, la Administración imperial pugnaba por mantener unido el mundo romano, integrado por pueblos diversos en riqueza, lengua, cultura y creencias, pero también vinculados por lazos más poderosos de lo que puede parecer a simple vista. Hermanados por una lengua, el latín, que e había convertido en oficial del Occidente, mientras el griego continuaba siéndolo en Oriente; por una cultura que bebía de Homero y de Virgilio, de Aristóteles y de Séneca; por una religión que, tolerante con todos los cultos, va extendiendo poco a poco la veneración a los grandes dioses romanos, Júpiter, Marte, Minerva; por un derecho que, triunfante sobre las tradiciones locales, sirve en todo el Imperio para regir las relaciones entre particulares; por un modo de vida que hace del vino y la cultura vitalista crecida en torno suyo el rasgo característico de las relaciones personales; por una estética común en el vestir, en la ordenación urbana, en el adorno propio y el del hogar... Un mundo, en fin, dinámico, abierto y tolerante en el que las ideas y los bienes circulan con libertad. Pero también un mundo que, para su desgracia y la nuestra, portaba en su mismo seno las semillas de su destrucción". 

Luis Enrique Íñigo Fernández, La Historia de Occidente contada con sencillez, Madrid, Maeva, pp. 88-94. 


                Pecio 'Bou Ferrer', del 60 DC. Frente a las costas de Villajoyosa (Alicante)

https://web.ua.es/es/actualidad-universitaria/historico/2017/mayo17/22-31/el-pecio-bou-ferrer-ejemplo-de-conservacion-del-patrimonio-cultural-subacuatico.html



     

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